5 cosas que odiamos de las mamás (que no pueden dejar de hacer)

Todas lo han hecho. Todas lo haremos. Hice un viaje a mi adolescencia y recordé todas esas cosas que mi mamá (y todas las de ustedes) hicieron sólo por el hecho de haber llevado a un ser humano nueve meses. Porque aunque lo neguemos, no podemos escapar de esas actitudes cariñosas, desubicadas, manipuladoras y sapas. Porque eso viene con la definición de mamá incluida y aunque lo intentemos con todas nuestras fuerzas, les aseguro que sí o sí caeremos en al menos una de ellas.

El probador de la muerte

Quince años y se viene la primera fiesta formal. Obvio que uno se inspira en el look de Beyoncé y nuestras madres nos quieren vestir a algo lo más parecido a Betty la Fea posible. Elige ese vestido perno color damasco que te hace parecer ejecutiva joven con frenillos y se alinea con la vendedora para decirte: ¿Cierto que esto está de última moda? ¿Es verdad que esto es lo más vendido de la tienda? La vendedora asiente. Quiere su comisión aunque eso signifique que tú estés sentada toda la noche tomando Bilz y comiéndote todo el Chispop de maní de la fiesta. Todo parte mal ahí y con resignación llevas el horrido atuendo al probador, te empiezas a desvestir y esa señora a la que le dices mamá, abre la cortina del probador con escándalo mientras todo los clientes del retail te ve en paños menores para preguntarte: Y… ¿cómo te queda Juanita? Humillación total y mirada de rayos láser a esa mujer que te dio la vida.

Es tú decisión

Aquí, el arte de la manipulación las madres lo manejamos con un talento magistral. Vas a pedir permiso. Negado. Confrontación con toda la pasión y la bataola que la juventud conlleva. Llantos, portazos y amenazas de traumas que nos quedarán de por vida. Nada funciona hasta que ella, con brillantez total, saca su última carta bajo la manga: “Está bien Pepita, si quieres salir con ese narcotraficante, 23 años mayor, que está procesado por corrupción y malversación de fondos y que por lo que supe le pegó con un bate de baseball a su ex polola, hazlo. Es tu decisión y tú te haces cargo de las consecuencias”. ¿Resultado? Noche viendo Toy Story 3 y avisando que no vas a salir por una jaqueca fulminante. Lo hizo otra vez… la señora que te marcó los útiles escolares volvió a ganar.

La técnica de la pizza

Sábado en enseñanza media y se viene la fiesta del milenio. Espuma, piscola a 100 pesos, entradas para el VIP y todas las condiciones para romperla más que Alexis en un carrete de YINGO. La noche promete y como todos los que fuimos adolescentes alguna vez, no ir a ese carrete es lo mismo que perderse la final del Mundial entre Chile y Argentina. Pero ¿qué pasa? Tu mamá es sociable y conoce a las mamás de tus amigos. A la mayoría le da lata hacer hora hasta las 3 de la mañana e ir a buscarte en pijama a la famosa discoteque que queda a 45 minutos de tu casa. ¿Entonces? El sindicato de mamás se empodera y coluden para hacer fracasar la iniciativa. Tu madre te trata de hacer un trueque que ella encuentra súper atractivo y que suena más o menos así: “¿No les tinca que en vez de ir a esa fiesta, piden unas pizzas y se quedan jugando Metrópoli? ¡Lo encuentro demasiado entretenido!”. Resultado: Figuras llamando para elegir los ingredientes de la pizza y te compras todos los departamentos y casas posibles en el Monopoly. La señora que te sonó los mocos buscó aliadas y triunfó.

El diario de vida

Escribiste todo el drama con ese compañero que te dejó de pescar y empezó a salir con la mansa mina del paralelo. Pegaste todos los stickers de sufrimiento posible y tachaste con una cruz roja la foto de ese púber que te hizo sentir que el mundo se paralizó sólo por tu triste historia. Le pusiste la llave con destreza de MacGyver, escondiste el diario de vida debajo de tu ropa que no ocupas hace 5 años y lo envolviste en el género de una almohada vieja. Dos días después misteriosamente tu mamá te compra más chocolates de lo común, te dice que estás preciosa aún cuando te salió una espinilla que tiene vida propia en tu nariz y te dice que cuando ella era chica una vez sufrió por un compañero, pero que después él se transformó en un lúser y que gracias a Dios no pololeó con él. Es un hecho: la señora que te compró tu primer desodorante sin poder imaginarnos cómo, leyó tu diario de vida.

El plaqué a las 9:00 de la noche

Primera vez que pololeas y tu mamá (seas hombre o mujer) se trata de hacer la evolucionada y natural. PERO RELAJADA NO ESTÁ. Comieron todos juntos, fue amorosa, pero miró desde la cabeza hasta la punta del pie al nuevo personaje. Analizó el color de la uñas, el piercing, la polera del Che Guevara y si se paró a levantar los platos o no. Ya son las nueve de la noche, lo natural es que lo papás se vayan a ver las noticias y los pololos se queden en el living… SOLOS. Sin embargo, ella se da más vueltas que el ministro Burgos esta semana en su oficina y ¡oh sorpresa! Justo se acuerda que el plaqué está súper sucio y como que no quiere la cosa se va a limpiarlo al living… OBVIO. ¿Fin de la historia? Terminas jugando carioca con el pololo y tu mamá con el plaqué más limpio que pabellón de clínica cuica.

¿Qué cosas hacía tu mamá (que tú también haces)?

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