5 cosas que odiamos de las mamás (que no pueden dejar de hacer)

Todas lo han hecho. Todas lo haremos. Hice un viaje a mi adolescencia y recordé todas esas cosas que mi mamá (y todas las de ustedes) hicieron sólo por el hecho de haber llevado a un ser humano nueve meses. Porque aunque lo neguemos, no podemos escapar de esas actitudes cariñosas, desubicadas, manipuladoras y sapas. Porque eso viene con la definición de mamá incluida y aunque lo intentemos con todas nuestras fuerzas, les aseguro que sí o sí caeremos en al menos una de ellas.

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La separación: 8 errores que no debes cometer

Pedro y Marcela se separaron hace 4 meses y ella se ha dado cuenta que muchas cosas con sus hijos han cambiado. Tomás, de 6 años, tuvo importantes dificultades en el colegio durante el segundo semestre, tanto de conducta como de relación con los compañeros. Además está muy insolente, le contesta de muy mala forma al papá y no quiere salir con él cuando los pasa a buscar los fines de semana. Por otra parte, la hija menor, Julieta de 4 años, se ha mostrado muy temerosa, llora cuando la mamá sale de la casa, ha comenzado a hacerse pipí de nuevo en la noche y en ocasiones se pone a hablar como guagua. Ella, preocupada, decidió acercarse a Cristina, una amiga quien había vivido hace un par de años el proceso de separación y actualmente ha podido superar la crisis y sus hijos (que tienen edades similares a las de los suyos) hoy en día están bien. Cuando se juntan a conversar, Cristina lo primero que le dice es que es normal que ella y los niños estén pasando por un período difícil, ya que la separación supone muchas pérdidas y requiere de un proceso de adaptación, producto de los múltiples cambios en las dinámicas familiares. Le cuenta que ella también atravesó por una crisis importante, pero que el tiempo ayuda y hay cosas que se pueden hacer para que el proceso sea más llevadero

1. Las discusiones

Cristina deja su café y lanza la primera pregunta: “¿Están discutiendo mucho al frente de los niños?” Marcela se da cuenta de que sí, que cada vez que Pedro va a la casa a buscar a los niños, ellos terminan peleando por distintos motivos: porque llegó tarde, porque no ha pagado la cuenta de luz, porque no le gusta que pase tanto tiempo con la suegra, ya que los malcría, etc. Todo encuentro se convierte en una pelea que los niños presencian. Cristina le dice que es necesario resguardar a los niños respecto a las discusiones y desavenencias que son parte de este proceso, ya que eso genera mucha ansiedad en los menores, lo que puede traducirse en diversos comportamientos como los que están teniendo Tomás y Julieta. También le dice que es normal pasar por un período de ajustes que conlleva tensión, pero si es demasiada, puede ser bueno buscar ayuda de un especialista en mediación familiar para ayudar a resolver los distintos temas de la mejor manera posible para que los hijos se vean menos afectados.

2. Las descalificaciones

Luego le pregunta si está hablando mal de Pedro o él de ella, descalificándose frente a los niños. Ella se queda pensando y al cabo de un rato le dice que sí. Que está tan enojada que sin darse cuenta, le comenta a los niños que su padre es tan desorganizado y tan irresponsable, porque todavía no le da la mensualidad, tan desubicado con sus comentarios… A su vez, Tomás le ha dicho que su papá siempre comenta que ella es una histérica. Cristina le dice que a pesar de que está en todo su derecho de estar enojada, que es muy normal y esperable, y que en muchas cosas tiene razón para estarlo, no debe expresarlo frente a los niñosEllos necesitan preservar la imagen de ambos padres, ya que ellos son sus modelos de identificación. Si uno de los padres habla mal del otro, se va produciendo una sensación de inseguridad en el menor y eso podría estar generando el enojo de Tomás con su padre, ya que lo ve como “el malo” de la película. Es fundamental mantener a los niños en un terreno neutral, sin exponerlos a escuchar relatos negativos sobre ninguno de sus progenitores, ya que ellos podrían llegar a sentir que tienen que tomar partido o incluso experimentar vivencias de culpa por estar o pasarlo bien con el otro. Ambos padres son igualmente importantes para el desarrollo del niño y no corresponde que deban “elegir” a uno por sobre el otro. Deben sentir la libertad de disfrutar con cada uno de ellos.

3. El miedo a las explicaciones

“¿Le han explicado con claridad lo que ha pasado y lo que significa la separación?”, le pregunta a continuación Cristina.

Marcela le contó que el día que el papá se fue de la casa ella habló con sus hijos y les dijo el papá no viviría en la casa por un tiempo, pero no les han dado mayor explicación. Ella no sabe qué decirles, qué tanta información entregarles ni qué palabras usar. Teme que al hablar del tema, sea más doloroso para los niños.

Cristina le comenta que los niños necesitan una explicación simple y concreta, pero real y sincera de lo que está pasando en su familia. Los padres se complican por no saber qué palabras o formas usar y creen que pueden generar más sufrimiento en los niños, sin embargo, para ellos es mucho más tranquilizador el poder contar con una explicación consistente de su realidad, que les permita entender y dar significado a lo que están viviendo. No tenerla abre paso a crear explicaciones fantasiosas las que pueden superar incluso a la realidad o, en el otro polo, puede llevarlos a aferrarse a ilusiones respecto a que el quiebre es solo pasajero, lo que no hace más que dilatar el sufrimiento y aumentar la desilusión. Le sugirió que el tipo de explicaciones que pueden dar a los niños deben ser tales como “La mamá y el papá los quieren muchísimo, siempre los seguirán queriendo y cuidando y ustedes podrán contar con los dos. Sin embargo, ya no pueden seguir viviendo juntos, porque han tenido problemas de grandes que no se pueden resolver, por lo que cada uno vivirá en una casa diferente. A pesar de que ellos no sigan juntos, ambos seguiremos siendo siempre sus papás”. 


4. La culpa

“¿Te has preguntado si es que los niños puedan sentirse culpables por algún motivo?”, inquiere Cristina. Marcela responde “Ahora que me acuerdo, unos días antes de que nos separáramos, llegó Julieta justo en medio de una pelea pidiendo que la ayudaran en su juego y el papá le dijo que se fuera en un tono agresivo. Ella se fue llorando y, después de un tiempo, le comentó a su abuela que el papá se había enojado con ella y por eso se fue de la casa.” Cristina le explica que los niños preescolares tienen un pensamiento egocéntrico, por lo que piensan que muchas de las cosas que ocurren a su alrededor tienen que ver con ellos mismos. Aun no logran comprender a cabalidad las relaciones de causalidad y además su pensamiento es mágico, por lo que pueden crear explicaciones respecto a la separación en las que se vean a sí mismos como causantes del quiebre, lo que puede generar mucha ansiedad y culpa en el pequeño. Por eso, es fundamental que puedan contar con una explicación clara y que deje establecido que los responsables son los adultos y que no busquen culpables. También es muy necesario que sientan que pueden hablar y conversar libre y abiertamente con sus padres respecto a la separación, de manera de que si este tipo de pensamientos pasan por sus cabezas, tengan la posibilidad de comentarlos y contrastarlos. Para ello es necesario mostrarse sereno y receptivo frente a los comentarios o preguntas de los niños y no complicado, evasivo ni angustiado, ya que esto último hará que dejen de preguntar y repriman sus sentimientos.

5. Los “mensajes”

Cristina le pregunta también si ocupan a sus hijos como mensajeros. Ella le dice que le manda recado al papá con el hijo mayor de que lo traiga temprano, que no se atrase con el cheque, que venga a llevarse las cosas que aún le quedan en la casa y él le manda recados de vuelta. Cristina le sugiere que no lo haga más, porque eso hace que el niño se sienta atrapado, que sienta que está en medio de ambos padres y que debe tomar partido por uno u otro. Los padres deben dejar a los niños fuera de los temas de adulto y ser capaces de establecer conductos y vías de comunicación apropiadas para resolver sus asuntos pendientes. Cristina le comenta que deben dejar claro a los niños que seguirán siendo una familia a pesar de que ellos como pareja ya no estén juntos. Le dice que es bueno hablar con cada uno de los niños respecto a que existen distintos tipos de familia: con ambos padres juntos, con padres separados, monoparentales, pero que todas son igualmente familias, valiosas y respetables. Que la separación de los papás no separa a la familia, sino que sólo cambia la dinámica familiar.

6. Las prioridades

Luego le pregunta si ellos son capaces de poner el bienestar de los niños por sobre sus propias diferencias y Marcela, pensativa, se da cuenta de que no siempre lo han logrado. Cuando fue el cumpleaños de Tomás, ella y Pedro se quedaron entrampados en la discusión de cómo, dónde y con quiénes celebrarlo y como no lograron un acuerdo, no se lo celebraron. A veces los conflictos entre ambos padres son traspasados a temas propios de los niños y el que sale perdiendo es este último. Es necesario establecer un acuerdo con el otro progenitor, de manera de que ambos tengan la altura de mira para poner el bienestar de los niños por sobre sus propios conflictos e intereses. 

7. La competencia

Cristina le sugiere a Marcela que no se dediquen a competir por quién le hace el regalo más grande ni lo lleva al paseo más entretenido, sino que todo lo que hagan que sea pensando en qué será lo mejor para Tomás y Julieta.  Entre los padres debe haber una actitud de cooperación y no de competencia. Esto pone al menor en una posición de mucho poder, pero a la larga lo hace sentirse desprotegido y utilizado. Es necesario que ambos logren establecer ciertos lineamentos, normas y pautas lo más comunes posibles para no alterar de sobremanera su rutina.

8. La distancia

Además, le dice que es muy importante que tanto Pedro como ella se preocupen especialmente de generar instancias y espacios para disfrutar junto a sus hijos, para que vean que el hecho de que sus papás no estén juntos no cambia que puedan disfrutar con cada uno por separado y crear buenos recuerdos. Finalmente Cristina le dice que es fundamental tener presente que la separación de los padres es un proceso que conlleva una crisis familiar y que requiere de tiempo para que cada miembro de la familia elabore la situación. Cada uno podrá tener distintos tiempos y formas de vivirlo. Pero sea cual sea el caso, es muy importante que los hijos sientan que tienen un espacio para hablar de lo que sienten y expresar sus emociones, las cuales son reconocidas y validadas y, por sobre todo, que el amor de sus papás hacia ellos es incondicional y que la separación no cambia en nada el afecto que les tienen. 

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12 mitos sobre el síndrome de Down derribados por una madre

“Tu niñita es una bendición”, eran las palabras que Alfonsina y Martín escucharon una y otra vez al nacer su segunda hija, en 2014. Tal como les había dicho el médico que trajo al mundo a Candelaria: la niña era linda, era sana y había un 98% de certeza de que tenía síndrome de Down. “¿De qué bendición me están hablando?”, se preguntaba Alfonsina. En la ignorancia propia de quien se enfrenta por primera vez a una situación como ésta, la madre de Cande estaba llena de miedos. ¿Tendría una vida corta?, ¿dependería el resto de sus días de su hermano mayor, Iñaki?, ¿podría ser algún día una niña autónoma? Con el pasar de los días y los meses, los miedos de Alfonsina se fueron disipando, la misma “Chini”, como la llaman en la casa, le fue mostrando que no vale la pena vivir con las expectativas puestas en los “logros” o “hitos de crecimiento” de los niños. Más vale maravillarse con el día a día, dar espacio a que suceda lo inesperado, “disfrutar cada minuto del viaje en lugar de estar preocupados por llegar a destino”, en palabras de Alfonsina. Son tantas las lecciones de vida que Candelaria ha dado a su familia, que Alfonsina decidió crear un blog. Su nombre es cande down side up, y en él que se encarga de desmitificar al síndrome de down, aliviar los miedos de tantos padres que se enfrentan a esta situación todos los días y, de paso mostrar “que la vida con síndrome de Down, es una vida UP”. ¿Cande es una bendición entonces? ¡Sí que lo es! Y además multiplicada, pues trae un cromosoma extra.

Barriendo mitos

Cande nació en Chile, pero hoy vive en Uruguay junto a sus padres, pues Alfonsina es uruguaya y Martín chileno. Desde la tierra charrúa, su madre aceptó tomar un desafío propuesto por El Definido: barrer con 12 mitos sobre el síndrome de Down y, de paso, mostrarnos la maravilla que Cande trajo a su vida.

1. Las personas con síndrome de Down no pueden tener pareja, menos casarse

“Muy a pesar de Martín, mi marido -que es un papá bien celoso de su niñita- las personas con síndrome de Down tienen citas, socializan y forman relaciones. Algunos se casan y otros optan por convivir, como cualquiera de nosotros. Tengo la suerte de conocer a varios jóvenes con síndrome de Down que me hablan maravillas de sus novias y que disfrutan de las cosas buenas. ¡Tienen peleas y desencantos como todos! ¡Obvio que forman parejas, porque obvio que aman! Todo gracias a esos papás que, rompiendo las barreras de los prejuicios y los miedos, los dejan vivir la vida completita y plena que toda persona merece. Martín, lo siento, pero seguramente tú Cande sea la Cande de otro algún día”.

2. Las personas con síndrome de Down no pueden nunca ser independientes o vivir solas

“¡Muy falso! Ninguno de nosotros puede hacer algo que todos nos digan que no podemos. Eso es lo que ha pasado por muchos años con las personas con síndrome de Down. Todos creíamos que eran incapaces de muchas cosas -entre ellas de ser autónomos- y por lo tanto nunca les dimos la chance de probarnos lo errados que estábamos.Eso hasta que algunos padres vieron en su hijo o hija las habilidades y capacidades que todos les repetíamos que no tenían. Entonces les dieron alas y herramientas, ¡y se hizo la luz!”.

3. Las personas con síndrome de Down no pueden realizar trabajos en que ocupen su intelecto (y sí aquellos trabajos más físicos o mecánicos)

“Para contestar este mito, me gustaría citar varios nombres de personas con síndrome de Down que, de un plumazo, lo han desterrado: Ángela Bachiller (concejal del municipio de Valladolid, España), Tim Harris(dueño y gerente de su propio restaurante en Albuquerque, Estados Unidos), Pablo Pineda (diplomado en magisterio, conferencista y cuasi licenciado de psicopedagogía), Felipe Belmar (chileno, técnico Agrario), Noelia Garella (argentina, maestra de párvulos) y Oliver Hellowell(británico, fotógrafo profesional). Y la lista sigue y sigue. Yo creo que la respuesta a este mito se resume en que todo depende de las oportunidades que les demos, porque las capacidades está claro que están”.

4. Las personas con síndrome de Down tienen una vida corta

“A decir verdad, y como se imaginarán, este fue uno de los mitos que más feliz me hizo desterrar. Cuando Cande nació este era el mito o miedo que más rondaba mi cabeza y me paralizaba. La realidad es que los avances de la medicina apuntan a que la esperanza de vida de las personas con síndrome de Down se ha incrementado, casi igualándola a la de las personas sin síndrome de Down. Entre estos avances, destaca el saber y conocer bien las patologías que se presentan con mayor frecuencia, estar alerta y detectarlas a tiempo, dando un correcto tratamiento a las mismas. Un caso claro son las cardiopatías; hoy en día al nacer un bebé con síndrome de Down se le realizan varios estudios para detectarlas, así se puede realizar un monitoreo, tratamiento o cirugía correctiva. Es, sin duda, una muy buena noticia que nos presenta un nuevo y gran desafío: acompañar y pensar la vida de ellos con inclusión laboral de calidad a largo plazo, pensiones y subsidios para viviendas dignas. Yo, por lo pronto, no puedo estar mas feliz y agradecida de que la condición de mi Chini no es una sentencia, sino un dato de la causa”.

5. Los niños y jóvenes con síndrome de Down deben educarse en escuelas especiales

“Este es un mito que, afortunadamente gracias al trabajo y esfuerzo de muchos papás y maestros, ha empezado a desaparecer rápidamente. Son cada día más los centros educativos que tienen una propuesta de inclusión, donde los niños y jóvenes con síndrome de Down están a la par del resto de sus compañeros, participando en clases de su edad cronológica, con ayuda de adecuaciones curriculares, participando en trabajos de equipo y siguiendo las reglas de la institución a la que pertenecen como los demás. No sólo la persona con síndrome de Down se favorece de esto, sino que todo el resto recibe la posibilidad de nutrirse de la experiencia de la diversidad y la tolerancia. El desafío también hay que llevarlo un paso más allá. Es la educación universitaria el gran objetivo ahora. ¡El cielo es el límite!”

6. Las personas con síndrome de Down nunca están tristes y sólo tienen buenos sentimientos

“Como cualquier persona, hacen lo correcto y otras veces no, aciertan y se equivocan, hacen travesuras (¡en el caso de Cande muchas!) y se portan mal o bien como cualquiera. No son angelitos, sé que muchas veces buscamos con ese concepto resaltar cosas positivas y tratar de `dar un piropo´, pero debemos entender que con esa buena intención no estamos haciéndoles un gran favor, al contrario, ya que estamos pasando por sobre su cualidad de persona y limitándolos de poder desarrollar todo su potencial. En cuanto a Cande, en casa buscamos tratarla igual que a Iñaki, nuestro hijo más grande, ni más ni menos. La realidad es que de angelito capaz que sacó la cara, porque es mil veces más traviesa e intrépida que Iñaki. Eso nos ayuda a reforzar el no tratarlos diferente”.

7. Hay personas que tienen un bajo nivel de síndrome de Down, lo que les permite insertarse mejor en la sociedad

No existen grados y no hay personas que tengan más o menos síndrome de Down que otras.
El síndrome de Down es una condición en donde las células tienen un cromosoma extra en el par 21. A ojos inexpertos, creemos ver grados cuando vemos individuos con mayor o menor desarrollo en determinada área, pero esto pasa con todos los seres humanos¿o no? Y no significa que tengamos mayor o menor grado de `normalidad´. Si bien, el extra cromosoma entrega a las personas con síndrome de Down determinada información que los asemeja entre sí, es un cromosoma entre 23 pares más. Estos están dotados con mucha información genética, como la inteligencia heredada de algún padre o los rasgos físicos. A esto se le suma la diferencia de estímulos a los que la persona estuvo enfrentada, como pasa con todos nosotros. Si desde nuestra temprana edad nos colocan frente a un televisor -aislados del contacto con la sociedad como lamentablemente pasaba antes con las personas con esta condición- seguramente no seríamos capaces de desarrollar las capacidades y talentos con los que hemos nacido”.

8. Las personas con síndrome de Down no tienen inhibiciones sexuales

“Esto se reduce a educación y oportunidades, al igual que con todas las personas. Lo que ha pasado en la historia, es que para los padres de personas con síndrome de Down esto era un tema tabúy, como sabemos, eso nunca resuelve nada. Como todos, el que las personas con síndrome de Down tengan una vida sexual plena y encarada de una forma saludable, depende de una buena educación al respecto. La verdad, los jóvenes que he conocido en estos años no se comportan en lo más mínimo así, por lo que creo que ya vamos bien avanzados al respecto”.

9. El síndrome de Down es una enfermedad

“¡He aquí el rey de todos los mitos! Arraigado en nuestro saber colectivo desde siempre. El síndrome de Down no es una enfermedad o patología, no se padece, ni se sufre. El síndrome de Down es una condición genética como tener ojos claros, piel morena o ser pelirrojo. Cuando hablamos de enfermedad automáticamente lo asociamos a algo malo. Ahí está la cuna de muchas de nuestras ideas erradas. `Que no pueden hacer esto o aquello, que viven poco, que ¡pobrecitos!´. Listo. Ahora que sabemos que no es una enfermedad a tratarlos igual que al resto, a darles oportunidades, a exigirles igual que a los demás. Cada quien, con su individualidad, responderá como mejor pueda. Estoy segurísima que en la mayoría de los casos nos van a dejar boquiabiertos”.

10. Si tienes hijos después de los 35, hay más posibilidades que nazcan con síndrome de Down

Si bien es cierto que la probabilidad de dar a luz a un hijo con síndrome de Down aumenta con la edad, estadísticamente nacen muchos más bebés con síndrome de Down de madres menores de 35 años. Esto tiene una simple razón: es este grupo etéreo el que presenta mayor natalidad. En mi caso, yo tuve a Cande en los últimos días de mis 33 años, y conozco a un par de madres de 28 y 26 años, como también de más de 40. Lo único que si sé que tienen en común estas mamás, es una fuerza y una garra única, regalo que traen para ellas sus cachorros cuando nacen. ¡Gracias Cande!”.

11. Las personas adultas con síndrome de Down parecen niños y así hay que tratarlos

“Al igual que cualquier persona, los adultos con síndrome de Down no van a ser niños eternos si no se los trata como tal. Si a una persona sin síndrome de Down se la tratara toda la vida como a un niño, al final se comportaría como tal. Vuelvo al mismo punto -cuando termine este artículo lo vamos a repetir todos cual mantra- es todo cuestión de oportunidades y de no ponerles nosotros los límites”.

12. Una madre que tiene un niño con síndrome de Down, no puede trabajar

“En un primer momento, al recibir la noticia de la llegada de Cande, este mito lo tome como certeza y fue parte de las cosas que me afectaron. Creía que el tener una hija con síndrome de Down no solo cambiaría mi disponibilidad de tiempo, pues iba a tener que estar abocada a sus terapias, sino que también la vida de toda nuestra familia iba a verse fuertemente alterada por su llegada. Afortunadamente, hoy día -a dos años y cuatro meses de ese momento- les puedo afirmar que nuestra vida no se ha visto alterada más que con la llegada de cualquier nuevo integrante. El que Cande tenga síndrome de Down, no supone modificaciones mayores en nuestro cotidiano. Ella va a un jardín infantil como cualquier niña de su edad, salimos de vacaciones, vamos a comer afuera en familia, varias veces por mes y hacemos escapadas o `citas´ con mi marido. En resumen, nuestra vida es la vida normal de cualquier familia con dos pequeños. En lo que a mí respecta, no sólo escribo y administró el blog y todas las plataformas digitales que lo acompañan, sino que ahora también estoy desarrollando proyectos que buscan dar nuevas herramientas para ayudar a la inclusión. Dicto charlas y tengo al suerte de poder contar nuestra historia, para así ojalá contagiar a más gente a través de los medios de comunicación. Por lo que se puede decir que sí, que estoy trabajando y mucho más de lo que lo hacía antes de la llegada de nuestra Cande”.

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Bullying: ¿Cómo ayudo a mi hijo a defenderse?

“¡Córrete cuatro ojos!”, “¡Tú no puedes jugar!”, “¡Eres niñita!”. Mateo, de 7 años, se ve sometido recurrentemente a este tipo de burlas. Es un niño tímido y ante los insultos se ve muy afectado y no sabe cómo actuar, permitiendo que lo pasen a llevar y poniéndose a llorar, generalmente. Sus padres se dieron cuenta que no tenía ganas de ir al colegio, y conversando con él, les contó que sus algunos compañeros lo molestaban por usar anteojos, porque es malo para el fútbol y no lo dejan jugar. Ellos, muy tristes y preocupados, deciden tomar cartas en el asunto.

¿Cómo ayudar a su hijo cuando lo molestan? Lo primero y lo más importante, es mostrarle al niño que no está solo y brindarle contención. Dejarle en claro que quienes lo molestan son los que están cometiendo un error y que él no tiene de nada que sentirse mal o avergonzarse. Que él es querido o valioso tal cual es y nadie puede decirle o hacerle sentir lo contrario. En segundo lugar, los padres deben entender que este tipo de situaciones deben ser abordadas no solo desde la casa, sino que desde el colegio. Por eso, es necesario involucrar al profesor del niño, para que se haga una intervención del tema como curso. Y en tercer lugar, pero no menos importante, además de remendar la situación puntual del bullying, es necesario ir a la raíz de la situación y tratar de descubrir por qué al niño lo están molestando y de dónde viene su dificultad para defenderse. Por lo general, los agresores eligen a sus vícitmas porque no pueden defenderse y los ven más débiles y vulnerables. Si a un niño lo molestan, y a éste le es indiferente o responde, es probable que no lo vuelvan a molestar. Mientras que si a un niño le afecta, el agresor logrará su objetivo y seguirá siendo su víctima. Éste busca la reacción del agredido. Es por eso que es muy importante indagar cuáles son los motivos por los cuales nuestro hijo es pasado a llevar, para así poder ayudarlo e intervenir en lo que está de base. Esto puede ser por diversas razones, desde falta de autoestima, poca habilidad para relacionarse, hasta alguna inmadurez de desarrollo que no le permite defenderse. Si somos capaces de descubrir la raíz de la situación y brindarle apoyo para superarlo, le entregaremos herramientas que lo ayudarán para toda su vida a evitar ser víctima de maltrato. Pero además de buscar resolver el problema de raíz, hay que entregar a los hijos herramientas que le ayuden a enfrentar de la mejor manera posible alguna situación de abuso. No basta con decirle “pégale”,”acúsalo” o “ignóralo” si lo molestan. Debemos enseñarle estrategias para enfrentar conflictos, porque de esa manera podrá manejar cualquier situación. El problema entre una víctima y su victimario es una dinámica incorrecta de comunicación y tiene que ver con las habilidades sociales y la manera de relacionarse de las personas. Ante todo evento en la vida, las personas se relacionan entre sí de diferentes formas, en una línea donde en un extremo está la agresividad y en el otro la pasividad. El equilibrio es la asertividad, el centro entre ambos, y enseñarles a nuestros hijos técnicas de asertividad puede ser una herramienta muy útil para que no los pasen a llevar. Así también es muy importante enseñar a nuestros hijos a defenderse, a decir lo que sienten y lo que piensan sin temor, a sentirse seguros de sí mismos y no permitir ningún tipo de burla o menosprecio hacia ellos. Y defenderse no quiere decir pegar de vuelta o devolver la agresión necesariamente, sino que pasa por la actitud de seguridad del niño y saber cómo actuar ante determinadas situaciones.

¿Qué estrategias podemos enseñarles?

No existe un recetario que nos diga cómo actuar ante determinada situación. Esto dependerá de la personalidad de cada niño y de la situación a la que se enfrente. Pero sí podemos enseñarles algunas estrategias generales para que ellos cuenten con herramietnas para enfrentar el maltraro: – Mostrar seguridad en sí mismos. Hacer comprender a los hijos que nada de lo que les digan tiene importancia, porque ellos son valiosos y queridos tal cual son. Así, si les dicen alguna pesadez, como “Cuatro ojos”, sabrán que no tiene sentido, que es cierto que usa anteojos, pero no pierde su encanto por eso y no hay nada de malo en usarlos. Se puede ensayar frases con el niño, por ejemplo, si le dicen “Eres tonto” que se diga a sí mismo “Sé que soy inteligente”. – Decir lo que sienten y no tener miedo a expresarse. Así, ante algua pesadez, pueden responder con voz fuerte y clara, “No me gusta que me digas eso, me molesta”. Esto se puede practicar con el niño, diciendo frases cortas y directas. – Poner límites y hacerse respetar. Por ejemplo, si le quitan algo que está usando, en vez de permitirlo, decir tranquila pero firmemente, evitando que se note que siente miedo “Yo lo estoy usando, devuélvemelo. Cuando termine te lo paso”. – Solucionar conflictos. Por ejemplo, si no quieren prestarle el columpio en la plaza, en vez de ponerse a llorar, decirle al niño que deben hacer turnos. Así lo verán menos vulnerable. – Evitar a los niños molestosos. – Acercarse a otros niños de manera confiada, sin agresividad ni pasividad. – Controlar sus emociones. El objetivo del acosador es que su víctima se sienta mal, por lo que no hay que darle en el gusto. Después del momento desagradable, podrá contar lo que sintió a alguien de su confianza. Por ejemplo, puede enseñar al niño a contar hasta diez y contener el enojo o las lágrimas hasta que haya pasado el peligro. – Ignorar. En algunas situaciones valdrá la pena hacer “oídos sordos” de manera que el agresor no logre su objetivo. Por ejemplo, si va por el patio y le gritan “Guatón” no sentirse aludido y pasar de largo, sin mirarlo. – “Dar vuelta la tortilla”. El agresor espera que su víctima se sienta mal. Si el niño logra descolocarlo, ya sea respondiéndole con una ironía o convirtiendo el insulto en un chiste, su pesadez no tendrá efecto y se dará cuenta que no tiene sentido molestarlo, además que lo desautorizará frente al resto. Por ejemplo, si un niño le dice “Pailón”, que le responda, “Sí, tengo mucha suerte porque puedo escuchar mejor la música”. – Hablar con un adulto y pedir ayuda si de verdad lo necesita. Eso no es “ser acusete”, sino que es buscar protección. Por ejemplo, si el niño que molesta es uno más grande, la víctima puede que no cuente con los recursos para defenderse. – Correr si es necesario y buscar protección en otra persona. Escapar de una situación no es cobradía, habrá oportunidades en que será mejor no enfrentar la situación. – Defensa física si es necesario. A pesar de que usar la violencia no es lo ideal y debe ser el último recurso, hay que explicarle al niño, que en ciertas ocaciones, cuando vea que no hay otra alternativa, debe saber protegerse y usar la defensa física. Esto cuando el niño es víctima de maltrato físico y lo lastimarán, no puede escapar o no hay nadie que lo pueda ayudar. – Incentivarlo a hacer amigos. Tener buenos amigos siempre será una protección natural. Por ejemplo, puede llevar una pelota al recreo para que despierte el interés de sus otros compañeros. Más allá de cómo enfrentar diferentes situaciones, la herramienta más valiosa que podemos entregar a nuestros hijos para evitar que sean víctimas de maltrato, es fortaleciendo su autoestima, la autoconfianza y seguridad en sí mismos.

¿Te molestaban de niño? ¿Cómo enfrentaste esas situaciones? 

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El documental que está cambiando la manera de ver la crianza (y por qué)

Me he dado cuenta que este año, las redes sociales se encienden con titulares del tipo “Coyhaique: Mujer es encontrada con fracturas y sin sus ojos en vía pública”; “Joven de 16 años fue violada por 30 hombres en Brasil”; “La joven acusada de transmitir por Periscope la violación de una amiga”, y ¡no es para menos! Al leer los cientos de comentarios de los cibernautas, percibí que hay un común denominador en ellos. Las personas piensan que  la sociedad está enferma. En su gran mayoría, los comentarios evidencian cierto grado de indignación, pavor, sorpresa y resignación. ¿Qué le pasa a la gente que comete atrocidades? Está claro que algo estamos haciendo mal como sociedad (Sí, ¡Estamos! ¡Todos!). Debo admitir que soy una de las tantas personas, que se impacta con noticias del calibre mencionado. Y al dar vueltas en el asunto, y tras largas conversaciones con mi almohada, se me terminó de “encender la ampolleta”, cuando vi la película documental apoyada por UNICEF, “El Comienzo de la Vida” (que fue estrenada a nivel mundial en junio de este año, por Netflix. Yo ya tenía la sospecha de que en un punto del camino habíamos perdimos el rumbo como sociedad, pero tras ver “El Comienzo de la Vida”, me queda más que claro que lo estamos haciendo fatal desde el principio. ¿Realmente estamos cuidando de los primeros años de vida que definen el presente y el futuro de la humanidad? ¿Cuán determinantes somos tú y yo en la sociedad que construimos? Como sociedad nos hemos olvidado que el vínculo temprano con la madre, el padre o la persona que cuida de un niño es prácticamente determinante, ya que propicia la adquisición de una serie de destrezas que la persona utilizará y perfeccionará a lo largo de su vida. En el pasado, psiquiatras, psicólogos y otros profesionales, pensaban que los bebés eran seres irracionales, egocéntricos, inmorales, incapaces de entender la relación causa – efecto y de ponerse en el lugar de otra persona. Sin embargoen los últimos 30 años la ciencia comprobó lo contrario. Muchos investigadores, consideran a los bebés como las mejores “máquinas de aprendizaje” del universo y a los niños como los innovadores originales del mundo. Estudios en neurociencia, indican que el cerebro hace de 700 a 1000 nuevas conexiones neuronales a cada segundo, por lo que el aprendizaje es una realidad indiscutida desde antes de nacer (en el útero materno) hasta el día en que dejamos de respirar. Desde este punto de vista, los niños son los mejores científicos y estudiantes que el mundo puede tener. Necesitamos convencernos de que los niños son entes activos de su desarrollo y proceso enseñanza-aprendizaje, debemos dejar que los niños sean libres para escoger, para observar, para pensar, para acercarse, para alejarse y para poder experimentar de diferentes maneras un mismo material. A menudo decimos: este niño necesita aprender o hay que enseñarle a comportarse, como si fuéramos el hada madrina del conocimiento y de la sabiduría. Olvidamos que los niños, nunca fueron ni serán “tablas rasas” que sirven para plasmar nuestros saberes y competencias. Es hora de entender que los niños aprenden y co-construyen su saber junto a nosotros los adultos, junto a los compañeros y junto a otros niños. La co-construcción se da cuando tú, adulto, te involucras y te diviertes con ellos y cuando ellos te ven interesado en lo que están haciendo o diciendo. He aquí el dilema.< Si a una mujer le preguntan, ¿a qué te dedicas? Y ella responde: soy dueña de casa típico que le dicen: “aaaaaahhhh…”. Si a un hombre le preguntan, ¿a qué te dedicas? y responde: me quedo en la casa cuidando a los niños, lo más buena onda que va a escuchar de vuelta, es un saaaalta (con la cara llena de risa), porque de ahí a un ¿pero perrito qué le paso?, ¿lo tomaron de las b&#%$?, ¿desde cuándo tan macabeo?, ponte los pantalones y manda a tu mujer a cuidar de los cabros chicos, hay sólo un paso. Cuando una madre o padre tiene la posibilidad de estar 100% dedicado a la crianza de un hijo, la gente le comienza a preguntar: ¿cuándo vas a volver a trabajar?, como si estuviese perdiendo el tiempo. Tomarse el tiempo considerable para cuidar de los hijos, es considerado como nada por la sociedad. Pareciera ser que todos han olvidado, que el cuidar de los niños significa cuidar de personas que serán futuros ciudadanos que votarán, que se convertirán en responsables o no, entre muchas otras cosas. Pareciera ser que hemos olvidado, que como padre, madre o cuidador estamos posicionando a alguien en este planeta, estamos nada más, ni nada menos, que formando la humanidad. Pareciera ser, que aún no le hemos tomado el peso: ¿cómo es posible que una mujer se enrolle tanto para informar a su jefe que está embarazada por miedo a perder su trabajo? ¿Cómo se explica que no existan políticas públicas que favorezcan el vínculo y apego del padre con su hijo? No me digan que 5 días pagados por concepto de postnatal masculino es suficiente para generar una vinculación de ensueño, además muy pocos padres hacen uso del permiso postnatal parental(suelen preferirlo completo las madres). ¿Cómo se entiende que las personas se burlen y ridiculicen a un hombre que opta por dejar de trabajar por cuidar de sus hijos?

El valor del tiempo (y no del dinero)

Como sociedad hemos olvidado que el disfrutar del máximo amor que se puede manifestar, es una bendición. La crianza es un privilegio, pero también, una gran responsabilidad. Los niños necesitan ser cuidados y eso no es negociable, es por ello que entender la crianza como una opción es más sano que entenderla como una obligación. Si eres de esas personas que no quieren tener hijos, está bien, esa es tú decisión y se respeta, pero si eres de los que quiere traer niños al mundo, ¡hazte cargo! Tú eres tan responsable como yo de la sociedad que vivimos. Los niños van configurando su autoconcepto y la percepción que tienen del mundo, a partir de la interacción y vínculo que establecen con sus padres. Es por ello que necesitan pasar tiempo de calidad y en cantidad(con la madre y con el padre), para poder desarrollarse plenamente como individuos. Hay papás y mamás que dicen: me saco la mugre trabajando para poder darle lo mejor a mis hijos; trabajo mucho para que mi hija tenga lo que yo no tuve; y está muy bien la intención, pero desconocen, que a sus hijos no les interesa si son importantes o si ganan dinero, sólo les importa que estén presentes. Si los padres trabajan 9 o 10 horas por día, quedándoles sólo 2 horas para estar con sus hijos, ¿cómo se espera que construyan una relación? Y no vengan con eso de que “lo importante es la calidad de tiempo”: vayan a decirle a su jefe que de ahora en adelante trabajarán sólo 15 minutos al día por el mismo sueldo y cuando se comience a desfigurar, agreguen: tranquilo jefe son 15 minutos al día, pero de calidad. Dudo que el jefe los ascienda por su “chispeza”. A veces los padres se preocupan, porque no tienen el dinero suficiente para comprar juguetes caros a sus hijos (computadores, iPad, el último celular, Tablet, etc.). Se olvidan que ellos como padres, son la cosa más importante en la vida de sus niños. Recuerda que, como padre, madre o cuidador, eres el primer y mejor profesor de tu hijo. Las cosas que llegan gratis: tus palabras, tu amor, tus juegos, tus sonrisas y la conexión que construyes con tu hijo es lo que hace toda la diferencia del mundo.

Invertir en la primera infancia

Y cuando se trata de políticas públicas, dedicarse a la primera infancia es fundamental e incluso ¡tiene retorno económico! Un estudio realizado en los Estados Unidos, quiso ver el impacto del beneficio de un dólar invertido en los primeros años de vida de un niño. ¿Cuáles creen que fueron los efectos en términos de reducción de crímenes? ¿En reducción de costos de encarcelamientos? Los resultados fueron sorprendentes, según señalan en “El Comienzo de la Vida”. Los investigadores descubrieron que desde esta perspectiva por cada dólar invertido, retornaban siete dólares de vuelta en términos de margen de rendimiento, que es básicamente lo que se gana por año por cada dólar invertido. Para que se hagan una idea, una cuenta de ahorro les puede dejar una ganancia entre el 3% – 5% por año. Y el estudio demostró, que invertir un dólar en los primeros años de vida, dejaba una ganancia entre el 7% y el 10% al año, que es un rendimiento mucho más alto que el de la bolsa de valores de Estados UnidosSin lugar a dudas, darles a las personas, la capacidad de ser autónomas y de lidiar con los desafíos de la vida, las convierte en personas que aportan más a la sociedad y reduce la desigualdad social de un país. James Heckman, Nobel de economía que ha liderado este tipo de estudios, suele afirmar que mientras antes se invierte un dólar en la vida de un niño, más alto será el retorno a la sociedad (en dinero y por lo tanto en valor). Parece increíble que el mundo, invierta en nuevas tecnologías y en satélites para conocer otro planetas, pero que invierta tan poco en la condición humana. ¿Cómo podemos pensar en un mundo de paz, cooperación, de dicha, alegrías y amor, cuando el comienzo de la vida no se toma en consideración? Un gobierno que toma en serio, el desarrollo de sus niños o el futuro de su nación, invierte en la crianza de los niños y crea oportunidades para que los padres tengan tiempo de calidad con sus hijos. Cuando ayudamos a un niño e invertimos en la primera infancia, estamos invirtiendo en la sociedad como un todo.Cuando cambias el comienzo de la historia puedes cambiar toda la historia, para mejor. Los niños no son criados por los gobiernos, sino por las personas. Los niños no son criados por instituciones, sino por individuos. El problema surge cuando las personas más importantes en la vida de los niños, no proveen lo que ellos necesitan o simplemente no quieren ayudarlos. Algunas personas piensan que pueden ayudar a los niños, pero no a los adultos; pues la ciencia dice que no se puede ayudar a los niños sin ayudar a los adultos que cuidan de ellos. Las consecuencias de no darle a los niños lo que ellos necesitan, generan un costo muy alto para la sociedad. Es una tarea urgente para los padres, los cuidadores y para el gobierno, donde la crisis del Sename ofrece una oportunidad para hacernos conscientes y generar soluciones de verdad. ¿Qué harás por tus hijos y por la sociedad? Te invito a ver #ElComienzodeLaVida, luego ¡manos a la obra!

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¡Estás castigado!… otra vez

Domingo en la mañana. Los Muñoz tienen almuerzo familiar. María, de tres años, se despierta a las 7:00 am. Sus padres quieren dormir un poco más porque tuvieron evento la noche anterior, por lo que le piden que se vaya a jugar a la sala de juegos.  A los pocos minutos la niña se aburre y empieza a gritar “¡Mamá, quiero mi leche!” “¡Mamá, quiero mi otra muñeca!”. La mamá se levanta malhumorada y le dice “Déjate de gritar. Si sigues gritando te quedarás sin ir a la casa de tus abuelos”. La niña se calla un rato, pero después va a la pieza de los papás y se pone a saltar en su cama. El papá le dice “¡Para de saltar, te fuiste a tu pieza!”. María no se va y empieza la pataleta. El padre, a estas alturas ya furioso, la pesca de un brazo y se la lleva a la pieza diciéndole “¡Te quedas castigada aquí!” y le cierra la puerta. Ella se queda feliz de la vida jugando en su pieza con sus juguetes. Los papás no lograron dormir más. Más tarde llega la hora de vestirse y María, que ya está enojada, comienza a arrancarse por toda la casa. Nuevamente le dicen “¡Si no te vistes de inmediato, no irás donde la abuela!”. Ella no hace caso por que sabe que la llevarán igual. Terminan vistiéndola por la fuerza. Pasado el medio día, llegan a la casa de los abuelos de María y ella no quiere comer lo que le sirven. La mamá le dice “O te comes lo que hay o no verás televisión”. Ella no come y al rato se está comiendo el aperitivo de los adultos. Cuando llega la hora de almuerzo de éstos, los primos van a ver televisión y a María le dicen que no puede, porque está castigada por no haber comido, pero como están almorzando, no supervisan y ella ve la película entera.

Castigos mal enfocados

Este caso cotidiano ilustra un modelo de educación muy frecuente en nuestra sociedad, que se basa en el uso del castigo y la amenaza como primera estrategia de intervención, buscando inhibir conductas negativas sin preocuparse de lo que está detrás de ellas. Estas estrategias no estimulan al niño a tomar conciencia de sus acciones ni sus consecuencias. Educar en base a reprimir conductas y no a estimular, se traduce en que acostumbramos al niño a actuar por temor.  En el ejemplo de los Muñoz podemos ver: El uso del castigo para reprimir. Los padres le exigen que deje de hacer lo que a ellos les molesta, pero nunca le muestran la razón de por qué necesitan que juegue tranquila o que no salte en la cama.  La falta de consistencia del castigo que hace que los padres pierdan autoridad y validez. La amenazan con no llevarla donde los abuelos, cosa que es imposible de hacer porque no tienen con quien dejarla en casa. La amenazan con que no verá televisión pero no son capaces de supervisar que esto sea efectivo. Son castigos que no se podrán cumplir y llevan a que la niña aprenda que lo que sus padres dicen no se cumple.  El uso del castigo desproporcionado o no relacionado con la magnitud o naturaleza de la falta. Le dicen que no podrá ver televisión por no comerse la comida, dos áreas que para María no tienen relación alguna. El uso del castigo que tensiona la relación y genera rabia en el niño. Los padres quieren dormir pero no lo logran. Terminan enrabiados y enojados con María. Actúan más desde el mal humor que desde una lógica educativa. María entra en una dinámica negativa, se enoja y actúa de modo desafiante. Tanta amenaza de castigo refleja la desesperación de los padres más que una real herramienta con intención educativa. El uso de castigos que no son realmente castigos. Cuando la mandan a su pieza (donde están todos sus juguetes) “castigada” pero ella se entretiene. Cuando la retan reiteradas veces ante sus pataletas ella está logrando su objetivo, tener la atención de los papás. Sin darse cuenta los padres están reforzando la mala conducta. La falta de relación temporal entre el castigo y la conducta. Le dicen que no podrá ver televisión más tarde por no comerse su comida a la hora de almuerzo. Se hace imposible para María establecer la relación causa-efecto, ya que no asociará lo que no está haciendo bien con el castigo dado. El mal uso y abuso del castigo como sistema para educar hace que el niño termine actuando sólo por temor a la consecuencia, pero no internalizando la razón. Es como cuando una persona maneja en auto y si no hay carabineros se salta la luz roja por que no lo “pillarán” y no porque es peligroso o porque respetar la señalización evita accidentes.

Castigo bien pensado y como último recurso

El castigo constituye una estrategia educativa que sólo debe utilizarse como último recurso y en ese caso hay que tomar los siguientes resguardos: Entender el castigo como consecuencia natural, que deriva y se relaciona con la acción sancionada. Cuando María no quería comerse la comida, decirle que no podrá comer nada del aperitivo ni otros alimentos hasta la hora del té. Reflexionar adecuadamente sobre la consecuencia que se dará, que los padres estén de acuerdo y que sepan que serán capaces de cumplirlo. Ante las pataletas reiteradas de María, dejarla en un rincón por 5 minutos hasta que se calme y hacer que esto se cumpla. Ayudar al niño a reflexionar. Mirar a los ojos a María y con calma explicarle que ellos quieren dormir y por eso necesitan que ella esté tranquila. La razón que se le da debe ser breve y concreta. Procurar que el castigo no sea un refuerzo. A veces es mejor ignorar una conducta negativa para extinguirla, en vez de castigar, porque el objetivo de los niños muchas veces es obtener la atención de los padres. Cuando María gritaba, no responderle; ella hubiera seguido jugando en la sala. Como padres, lo mejor que podemos hacer para cambiar las conductas negativas, es incentivar las actitudes y acciones positivas que se quieren lograr. Esto toma más tiempo y no se ven efectos inmediatos, pero a la larga, el niño aprende el comportamiento esperado porque sabe que es lo mejor para él y no por temor. Así, cuando los padres no estén para “castigarlo”, su comportamiento igual será el adecuado.

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Por qué enseñarle a los niños pequeños a ser autónomos (y cómo hacerlo)

En más de una ocasión, he escuchado a padres decir que sus hijos son muy “chicos” como para hacer una determinada actividad por sí mismos, y que por ser niños no entienden lo que se les pide. Razón por la cual, dejan que ellos hagan y deshagan a su antojo, les hacen todos los gustos y no les ponen normas y límites porque ¡ojo! son niños; y si les exigen se pueden “traumar”.  Muchos de estos padres, creen que la autonomía comienza a desarrollarse cuando los niños son mayores de edad, idea que está lejos de ser real, ¿por qué? Porque la autonomía, es el pilar fundamental para aprender de manera progresiva durante toda la vida y se fortalece a medida que los niños van adquiriendo responsabilidades y son conscientes de que son los gestores de sus propias decisiones y acciones. Lo que los padres desconocen, es que crecer con autonomía y responsabilidad proporciona a los niños un grado de madurez para enfrentarse a la vida y ser personas más felices. El ser humano comienza a responsabilizarse (o a no hacerlo) desde la primera etapa de su vida y en esto la familia, como primer agente de socialización, juega un rol importante, ya que en ella, se generan vínculos socioemocionales, se establecen modelos de aprendizaje y se aprenden habilidades sociales y capacidades que proporcionan las bases para el desarrollo de aptitudes y actitudes interpersonales.

¿Cómo fomentar la autonomía?

Educamos la autonomía cuando ayudamos a los niños a desarrollarse como personas independientes, capaces de tomar sus propias decisiones y valerse por sí mismos. Es nuestra tarea como adultos, valorar sus aptitudes y fomentar su autoestima y responsabilidad con amor, perseverancia, paciencia y empatía.  La autonomía permite que los niños desarrollen su propia identidad y les ayuda a aceptarse tal cual son. Favorece la independencia, y es algo que comienza con la responsabilidad. Es por ello, que debemos fomentarla según la edad de cada niño y en los siguientes ámbitos: Hábitos: inculcar conductas de vida saludable (alimentación, higiene, aspecto físico) o de conducta desde temprana edad, permite que los niños aprendan a cuidar de sí mismos de manera independiente. Al exigirles que realicen estas acciones de manera constante, pronto se acostumbrarán a hacerlo por su propia cuenta, reconociendo que es beneficioso para ellos mismos. Desarrollo intelectual: el uso de libros, juegos y espacios culturales, fomenta la curiosidad de los niños y facilita su proceso enseñanza-aprendizaje, además de despertar en ellos el interés por distintas materias. Esto contribuye a su desarrollo identitario y capacidad de reconocimiento de sus propios gustos personales. Interacciones sociales: las relaciones que los niños establecen con otros niños y adultos ajenos a la familia, les ayudan a integrarse, a conocer el sentido de la amistad, a tener sus propias opiniones, a ser tolerantes y a consolidar su personalidad. Ocio: es importante generar espacios para que los niños jueguen, no solamente por su desarrollo intelectual, sino que también el juego les permite que se hagan responsables de elegir qué jugar, cómo jugar y con quién jugar. Tareas: para ayudar a un niño en el proceso de madurez y autonomía es importante que, desde pequeño, se responsabilice en diversas tareas en el hogar, las cuales deben ir en aumento de manera progresiva según la edad. Desde doblar un par de servilletas, hasta hacer su propia cama. Nunca debemos subestimar su capacidad de hacerse cargo de estas cosas por su propia cuenta. Atendiendo estos aspectos no solamente estaremos formando niños más autónomos, sino adultos más maduros. Tenemos que tener en cuenta que cuando los niños llegan a la adolescencia, ya no tienen tanta dependencia psicológica con sus padres, por lo que, preparar a los niños para que lleguen a esta etapa con cierto desarrollo de autonomía y consciencia de que tienen que hacerse cargo de sus acciones, les ayudará a ser personas maduras, seguras de sí mismas y con capacidad para enfrentarse al mundo que los rodea.

¿Cómo fomentar la responsabilidad?

Una de las tareas más importantes que tienen los padres a la hora de educar a sus hijos, es la de enseñarles a ser responsables. De la responsabilidad, nace la capacidad para decidir entre diferentes opciones, reconociendo y asumiendo las consecuencias de las mismas y respondiendo ante los propios actos. Un niño aprende el sentido de la responsabilidad de manera progresiva, cuando los adultos le guían, orientan, apoyan y le hacen partícipe en la toma de decisiones. Es por ello, que los padres deben dar pequeñas responsabilidades a los niños según su edad y capacidades personales.  Ahora bien, ¿cómo fomentar la responsabilidad en los niños? Estableciendo normas y límites: alguien dijo por ahí que “nada desconcierta más a los niños que la ausencia de normas” y pucha que es verdad. ¿Han visto alguna vez a alguien más desregularizado que un niño sin normas y límites? Pues, yo no. Es importante entender que en un principio, los límites y las normas producen resistencia en los niños, sin embargo, va desapareciendo en la medida en que normas y límites se integran en un sistema de convivencia coherente. Ayudándoles en la toma de decisiones: se puede comenzar por decisiones pequeñas, por ejemplo, elegir qué pijama va a usar a la hora de dormir, qué hacer primero, si lavarse la cara o los dientes; decidiendo qué comer, si porotos o lentejas, etc.  Siendo claros a la hora de expresar lo que esperamos de ellos: es irrisorio creer que los niños van a adivinar lo que estamos pensando, por lo que debemos expresar con claridad qué es lo que le estamos pidiendo antes de criticar alguna insuficiencia en su actuar.  Enseñándoles a valerse por sí mismos y a enfrentar nuevas situaciones: cuando los niños comienzan a asumir responsabilidades aprenden a confiar en sí mismos, por lo que debemos alentarlos a salir de su zona de comodidad y a enfrentarse a nuevos desafíos (tanto físicos/deportivos, como intelectuales o sociales).  Ayudándoles a valorar el error y/o fracaso: a veces, por querer que los niños no sufran o por querer evitarles un malestar, no dejamos que hagan las cosas a su manera. Ese es un flaco favor para el resto de su vida. Olvidamos que para madurar, es necesario explorar, correr riesgos y aprender que de los errores y fracasos también salen cosas buenas. A fin de cuentas, todos tuvimos que hacerlo, ¿no? Encomendándoles pequeñas “misiones”: aunque sean chicos, siempre hay algo que los niños pueden hacer. Por ejemplo, recoger y guardar los juguetes después de jugar, ordenar su pieza, poner y/o quitar los cubiertos de la mesa, comprar el pan, lavarse solos los dientes, cuidar de sus útiles escolares, ordenar su mochila, dar alimento y agua al perro, etc. Esto se conecta también con el desarrollo de la autonomía.
  • Estableciendo horarios: es importante establecer tiempo de estudio y de ocio, los niños necesitan tener una estructura clara, que si al principio no entienden, después aprenderán a valorar. Y ¡ojo! que para esto hay que tener presente que no es lo mismo, invierno que verano, o días lectivos que fines de semana. Mostrándoles apoyo y estando disponibles cuando nos necesiten: todos los niños requieren el apoyo de una persona adulta en su desarrollo (hasta los adultos solemos necesitarlo a menudo). Ellos necesitan tener la seguridad de que pueden contar con sus padres en caso de necesidad, y esto es lo que les permite tener confianza para explorar el mundo. No terminar haciendo una tarea que le fue encomendada al niño: está bien que ayudemos y/o acompañemos a los niños, pero no es correcto permitir que se desentiendan por completo de lo que les corresponde hacer. Esto es un clásico error, porque a veces suele ser el camino más fácil para el adulto, pero es muy importante que los niños aprendan que las cosas requieren de esfuerzo y perseverancia. Valorando su esfuerzo: los logros hay que felicitarlos y es positivo establecer un programa de recompensas para motivar al niño a comportarse de manera responsable. No, no se trata de sobornarlo con que le compraremos el último juego de Play Station a cambio de cierta conducta esto puede hacerse elogiando el trabajo realizado o con cualquier otro tipo de premios, que no tienen por qué ser algo material.
  • Y, ¿cómo tratar a nuestros hijos en este proceso?

    Los padres podemos cometer infinitos errores al educar a nuestro hijos, pero si somos más conscientes de qué actitudes ayudan a nuestros hijos a desarrollarse mejor como personas, podremos aportarle mejores herramientas para seguir su camino propio en la vida. Aquí unas últimas recomendaciones de cómo tratar a un niño para que su aprendizaje de la autonomía y la responsabilidad sea un proceso agradable. Proyectar una imagen positiva en ellos, para que se valoren y se respeten. No etiquetarlos. Si un niño escucha un sin fin de veces lo que piensas de él, terminará creyéndoselo y actuará en consecuencia, ya que esto conlleva a la frustración y desmotivación. Aumentar gradualmente el grado de exigencia, una vez que el niño tenga adquiridas las habilidades para realizar una tarea. Enfrentar los conflictos y obstáculos: debemos dotar a los niños de recursos para que puedan enfrentarse a ellos. Cumplir los pactos que hagamos con ellos.No culpabilizarlos de lo que salga mal, pues esto no favorece su tolerancia a la frustración. Tampoco se trata de excusarlos, sino de identificar su responsabilidad específica en los actos. >Darles todo nuestro amor, confianza y cariño. Esto permite que los niños se sientan respaldados y valiosos. No debemos olvidar, que la educación comienza antes de nacer (por las ideas preconcebidas que tienen los padres sobre cómo educar a sus hijos) y que es un proceso constante que nunca termina. Educar en autonomía, es formar al niño de manera que pueda avanzar en su día a día superando obstáculos, alcanzando la independencia y madurez. Lo que si bien, no deja de ser una tarea ardua, por estar en juego otros factores, como el propio carácter de los niños o lo que vamos haciendo para que ellos desarrollen una buena autoestima. Se convierte en una de las tareas más nobles y gratificante de la vida.  Como adultos somos determinantes en la vida de un niño y ¿qué más importante que orientar la vida de éste hacia la felicidad, amor propio y desarrollo pleno de sus capacidades y potencialidades?

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    Tener hijos no es como lo pintan

    Cada día tenemos menos hijos, es un hecho estadístico. Y razones hay muchas: relaciones más tardías y efímeras, más años de estudio, incorporación de la mujer al mundo del trabajo, alto costo de la vida, no sentirse listo, etcétera. Todas razones perfectamente válidas, que no pretendo cuestionar. Yo mismo, después de todo, pospuse bastante mi propia paternidad.

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    Por qué muerden los niños y cómo lograr que dejen de hacerlo

    Es normal escuchar que a un adolescente o púber, lo echaron por problemas de conducta en el colegio, o en la universidad por su bajo rendimiento, pero yo creía que no era posible que expulsaran a un niño/guagua del jardín. Como dice el dicho “no pasa hasta que te pasa”, así fue… aunque no lo crean (es tragicómico), en abril de este año echaron a mi hijo de dos años y 5 meses del jardín. ¿Las razones? Mordió a una niña en el cachete y los papás de la “víctima” alegaron que era su hija o el mío. Por lo que decidieron que la mejor opción, en vez de trabajar con él o descubrir por qué lo hizo, era dejarlo fuera de su jardín, discriminándolo totalmente. Como mamá primeriza y además joven (21 años), entendía que mi hijo estaba lejos de ser un criminal, pero no sabía qué tan normal o común era que los niños entre los 2 y 3 años muerdan. Mientras buscaba un nuevo jardín para Santiago, empecé a investigar todo sobre las mordeduras. Les contaba a mis cercanos la experiencia y nadie me creía, recibí muchos comentarios diciendo “mi hijo/a también mordía, es típico“, incluso mi hermana en el jardín infantil tenía una loca obsesión por morder a mi prima, y no digamos que lo sigue haciendo o es una persona anormal (hasta donde yo sé). Encontré un jardín infantil cercano a mi casa: Giramundos. Cuando Santiago entró, jamás conté que lo habían echado, no quería que estuviera marginado, ni menos con la etiqueta de niño “problemático”. Partió muy bien, como hijo único y además la guagua de toda la familia, no sabía relacionarse mucho con sus compañeros, pero de a poco se fue adaptando. Pero pasó una semana y Santiago nuevamente había mordido a un niño. La gran diferencia ahora fue que la parvularia me dijo: “Él exquisito, fue le hizo cariño y le pidió perdón”. Luego el otro niño tomó venganza y a la semana siguiente lo “atacó”, poco tiempo después mi hijo volvió a hacerlo, por lo que empezamos a tomar medidas y a trabajar en conjunto, para ver cómo lo resolvíamos. Lo primero fue identificar por qué mordía. Hay cerca de diez causas sobre por qué un niño puede tener esta conducta: cuando se sienten amenazados como una forma de autodefensa, de manera experimental, etc. Una de éstas era que tenía problemas para comunicarse por lo que no podía expresar su enojo ni sus emociones y eso provoca que se frustren y muerdan. Empezó el plan de acción, que para mi hijo funcionó, quizás pueda serle útil a alguna mamá, así que aquí va (no soy psicóloga ni mucho menos, sólo una mamá que probó distintas cosas y encontró unos consejos interesantes para compartir):

    1. No subestimarlos

    Quise partir por este punto porque creo que es uno de los principales errores que los padres cometen, subestimar a sus hijos. “No si es muy chico, no entiende”, grave error. Los niños entienden la mayoría de lo que uno les dice. Por ejemplo, que yo le diga que eso está mal, pero que lo vuelva a hacer, no significa que él no haya comprendido, puede ser que está probando los límites. Entonces, en creer que ellos entienden todo está la clave. Conversar en vez de castigar, hablar para lograr resolver. En el caso de mi hijo, fue fundamental para ayudarlo, el que me expresara cómo se sentía. También es importante ser claros, cuando son más chicos hay que ser más concisos con las palabras “Mira, esto es para jugar” no ponernos científicos explicándoles de qué materiales está hecho el juguete, ni menos explicarles la inmortalidad del cangrejo.

    2. Verbalizar sus emociones

    Los niños, al igual que todos los adultos sienten. Muchas veces tienen pena, rabia, frustración o miedo, sin embargo no entienden qué significa eso. Para mí, fue clave enseñarle que es normal que se enoje, pero eso no significa que siempre vamos a hacer lo que él quiere y por lo tanto cuando se siente así le dije que me dijera “no mamá” o “no”, en vez de morder. Cuando me daba cuenta que algo lo estaba molestando o inquietando mucho, y lo identificaba como una situación de “riesgo”, lo sentaba al lado mío y le explicaba. Actualmente se enoja y me tengo que aguantar la risa cuando llega su reto “Ño mamá ño” (y con su dedito apuntándome).

    3. Usar un panel de emociones

    Nuestra santa Javiera (la educadora a cargo de Santi), nos dio una increíble idea. Como parte de nuestra rutina hacer un panel de emociones. ¿Qué es eso? En mi caso, compré un block, y con una hoja lo separé en los días de la semana, con papel lustre dibujé y corte caritas: triste, enojado, feliz y miedo (puedes seleccionar las emociones que quieras). Antes de acostarnos nos sentábamos al lado de esta hoja que estaba pegada en la pared y conversábamos como se había sentido en el día. ¿Feliz? ¿Por qué? ¿Qué hiciste en el jardín que te puso así

    4. Acompañarlos en sus pataletas

    Puede pasar a menudo que cuando no les das en el gusto, y les dices que es normal que se enojen, hacen una pataleta. Cuando contaba esto mucha gente opinó: “Déjalo sólo en su pieza”, “no lo pesques”. Para mí la mejor opción fue acompañarlo, sentarme al lado de él y explicarle que me quedaría ahí hasta que dejara de llorar y gritar. Esto hace que finalmente los niños sean más seguros de sí mismos y no se sientan solos.

    5. No reaccionar agresivamente

    Es importante nunca responderle a tu hijo con reacciones agresivas como golpes o morderlo devuelta, porque finalmente estaríamos comunicándoles que la agresividad es la forma apropiada para expresar nuestras emociones, en este caso: nuestro enojo.

    6. Ayudar a la víctima

    Es importante atender primero al niño mordido, antes del que muerde. Porque así él se dará cuenta, que no tiene toda la atención. Finalmente, creo que la paciencia es la clave para el éxito. El proceso de enseñanza y aprendizaje puede ser lento o rápido, pero el amor y cariño siempre deben acompañarnos. Muchas veces es difícil y nos vemos sobrepasados, pero en ese minuto lo ideal es contar hasta tres y seguir adelante, porque de lo que he aprendido con mi hijo, es que es un constante desafío, pero te dan ganas de luchar cada día para darle lo mejor de ti.

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    Guía para padres: Dime cómo mandas y te diré como serán

    “Los niños de hoy no son como los de antes”. “La juventud no respeta nada ni a nadie”. “Los niños de hoy no hacen caso en nada”. “Los niños no cuidan las cosas, todo es desechable”. “Estos jóvenes no valoran lo que tienen”.  Frases como estas suelen provenir de la boca de los adultos quejándose respecto al comportamiento irreverente de la nueva generación de niños y jóvenes. Y más allá de que pueda haber algo cierto, hay que hacer un mea culpa respecto a qué responsabilidad tenemos nosotros sobre estas conductas y actitudes, cuál es el rol que cada uno juega, porque después de todo, nuestros niños no son más que el reflejo de lo que como padres les transmitimos. Y ese modelo de comportamiento al final se replica en nuestra sociedad. No podemos olvidar que el núcleo de la sociedad es la familia. Pero, ¿qué nos ha llevado a esta situación? El hecho de que como padres y sociedad hemos perdido el correcto sentido de la autoridad. Nos pasamos de una relación completamente autoritaria a una relación horizontal, donde el niño ha perdido la imagen de una autoridad sana.  Durante la etapa de formación, el ser humano tiene la necesidad vital y psicológica de una figura que esté por sobre él, que lo guíe y lo proteja. La ausencia de ésta le hace quedar a la deriva sin un mundo que lo contenga. Por lo tanto, es fundamental el tipo de autoridad que ejercemos respecto a nuestros hijos, porque eso les dará seguridad en sí mismos y les ayudará a internalizar las normas de convivencia social. Por eso es necesario preguntarse ¿qué tipo de autoridad estoy ejerciendo?

    Tres estilos de autoridad

    Sofía, Jorge y Ana tienen 10 años. Sus mamás trabajan por igual, pero al llegar a la casa después de un largo día de trabajo, cada una se relaciona con su hijo de manera distinta.  La mamá de Sofía se preocupa de que ella haya hecho las tareas, que coma, se bañe, se lave los dientes y se acueste. Si ella se pone a alegar o no quiere cumplir lo ordenado, la madre recurre inmediatamente al castigo, dejándola sin televisión o sin convidar amigos por el resto de la semana. La mamá de Jorge se preocupa de que coma, se bañe, etc. y cuando lo manda a acostar, éste le dice que no tiene ganas y que quiere jugar un rato más. Ella, antes de que venga la pataleta y para no dar una batalla, lo deja seguir viendo TV hasta que ésta lo hace dormir. La mamá de Ana, la abraza y le pregunta cómo estuvo su día. Pasan un rato juntas, se ríen y cuando se acerca la hora de dormir, le advierte que en pocos minutos deberá ir a acostarse. Cuando llega la hora de dormir, ella no quiere, pero su mamá se mantiene firme, la acompaña a la cama, leen un cuento y le apaga la luz. En el primer caso el modelo de autoridad se basa en el autoritarismo,donde la relación gira en torno al  cumplimiento de las normas, donde los padres imponen todo lo que se debe hacer y no se dan instancias para disfrutar junto al niño. Esto produce un distanciamiento afectivo entre padre e hijo, lo que genera rabia en el menor y, en el largo plazo, puede llevar a que él se revele ante todo lo impuesto o viva reprimido, incapaz de decidir por sí mismo. En el segundo caso, el modelo de autoridad se basa en el permisivismo, donde no hay límites sino que las ganas del niño son el parámetro de las decisiones. El menor queda vulnerable ante la falta de protección, lo que le genera ansiedad y le impide aprender a postergar sus deseos. A la larga se convierte en una persona que se guía por las ganas, que le cuestan las estructuras, la rutina, el sacrificio, sin tolerancia a la frustración y pierde la capacidad de ser dueño de sí mismo y decidir lo que es mejor pensando en un bien mayor y no en el momento.  En el tercer caso, vemos un modelo de sana autoridad, donde por una parte el niño reconoce una figura que está por sobre él, que sabe más, por lo que lo puede proteger y le muestra lo que es mejor para tomar buenas decisiones, y por otra parte, esta figura es cariñosa, afectiva, con quien puede disfrutar y por eso valida su autoridad. A la larga la persona se siente segura de sí misma, es libre en sus elecciones, capaz de guiarse por normas de convivencia y de postergarse a sí mismo en función de otros.

    Cómo enmendar el rumbo

    A pesar de que en general los modelos no se presentan puros, cada padre tiene una tendencia y es fundamental revisar qué modelo de autoridad estamos ejerciendo sobre nuestros hijos para saber hacia dónde los estamos llevando. Si la tendencia es más bien al autoritarismo, se sugiere: Crear instancias de interacción positiva, disfrutar con el niño y hacerlo sentir querido por quien es y no por el cumplimiento de las expectativas. Disminuir las normas pero manteniéndose firmes en las que se decidan. Poco a poco, según la edad, ir explicándoles el motivo de las reglas para que no sean “porque sí”. Si la tendencia es al permisivismo, se sugiere: Definir áreas claves en las que es necesario tener orden; crear normas en ellas y mantenerse firmes. Tener claro que será necesario frustrar, en forma medida, a nuestros hijos y eso no les hará daño, sino que será un aprendizaje para la vida. Esto implica tiempo y energía invertidos por un fin mayor. Si la tendencia es a la sana autoridad, usted va por muy bien camino y debe procurar seguir con mucha firmeza y calidez a lo largo del tiempo, perseverando, sin perder la energía. En conclusión, si nos hacemos concientes de cómo ejercer la autoridad ante nuestros hijos, sentaremos las bases para construir un sano modelo pedagógico y las acciones concretas para enfrentar las distintas situaciones y etapas, lo que les entregará las herramientas que necesitan para desenvolverse en el mundo de hoy y que de esa manera sean verdaderos aportes para nuestra sociedad. Como padres, la educación de nuestros hijos es la mejor manera de contribuir positivamente a nuestro entorno. Más que nuestro desarrollo profesional, es el formar hijos sanos para que junto con ellos construyamos un mundo mejor.

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