Por qué muerden los niños y cómo lograr que dejen de hacerlo

Es normal escuchar que a un adolescente o púber, lo echaron por problemas de conducta en el colegio, o en la universidad por su bajo rendimiento, pero yo creía que no era posible que expulsaran a un niño/guagua del jardín. Como dice el dicho “no pasa hasta que te pasa”, así fue… aunque no lo crean (es tragicómico), en abril de este año echaron a mi hijo de dos años y 5 meses del jardín. ¿Las razones? Mordió a una niña en el cachete y los papás de la “víctima” alegaron que era su hija o el mío. Por lo que decidieron que la mejor opción, en vez de trabajar con él o descubrir por qué lo hizo, era dejarlo fuera de su jardín, discriminándolo totalmente. Como mamá primeriza y además joven (21 años), entendía que mi hijo estaba lejos de ser un criminal, pero no sabía qué tan normal o común era que los niños entre los 2 y 3 años muerdan. Mientras buscaba un nuevo jardín para Santiago, empecé a investigar todo sobre las mordeduras. Les contaba a mis cercanos la experiencia y nadie me creía, recibí muchos comentarios diciendo “mi hijo/a también mordía, es típico“, incluso mi hermana en el jardín infantil tenía una loca obsesión por morder a mi prima, y no digamos que lo sigue haciendo o es una persona anormal (hasta donde yo sé). Encontré un jardín infantil cercano a mi casa: Giramundos. Cuando Santiago entró, jamás conté que lo habían echado, no quería que estuviera marginado, ni menos con la etiqueta de niño “problemático”. Partió muy bien, como hijo único y además la guagua de toda la familia, no sabía relacionarse mucho con sus compañeros, pero de a poco se fue adaptando. Pero pasó una semana y Santiago nuevamente había mordido a un niño. La gran diferencia ahora fue que la parvularia me dijo: “Él exquisito, fue le hizo cariño y le pidió perdón”. Luego el otro niño tomó venganza y a la semana siguiente lo “atacó”, poco tiempo después mi hijo volvió a hacerlo, por lo que empezamos a tomar medidas y a trabajar en conjunto, para ver cómo lo resolvíamos. Lo primero fue identificar por qué mordía. Hay cerca de diez causas sobre por qué un niño puede tener esta conducta: cuando se sienten amenazados como una forma de autodefensa, de manera experimental, etc. Una de éstas era que tenía problemas para comunicarse por lo que no podía expresar su enojo ni sus emociones y eso provoca que se frustren y muerdan. Empezó el plan de acción, que para mi hijo funcionó, quizás pueda serle útil a alguna mamá, así que aquí va (no soy psicóloga ni mucho menos, sólo una mamá que probó distintas cosas y encontró unos consejos interesantes para compartir):

1. No subestimarlos

Quise partir por este punto porque creo que es uno de los principales errores que los padres cometen, subestimar a sus hijos. “No si es muy chico, no entiende”, grave error. Los niños entienden la mayoría de lo que uno les dice. Por ejemplo, que yo le diga que eso está mal, pero que lo vuelva a hacer, no significa que él no haya comprendido, puede ser que está probando los límites. Entonces, en creer que ellos entienden todo está la clave. Conversar en vez de castigar, hablar para lograr resolver. En el caso de mi hijo, fue fundamental para ayudarlo, el que me expresara cómo se sentía. También es importante ser claros, cuando son más chicos hay que ser más concisos con las palabras “Mira, esto es para jugar” no ponernos científicos explicándoles de qué materiales está hecho el juguete, ni menos explicarles la inmortalidad del cangrejo.

2. Verbalizar sus emociones

Los niños, al igual que todos los adultos sienten. Muchas veces tienen pena, rabia, frustración o miedo, sin embargo no entienden qué significa eso. Para mí, fue clave enseñarle que es normal que se enoje, pero eso no significa que siempre vamos a hacer lo que él quiere y por lo tanto cuando se siente así le dije que me dijera “no mamá” o “no”, en vez de morder. Cuando me daba cuenta que algo lo estaba molestando o inquietando mucho, y lo identificaba como una situación de “riesgo”, lo sentaba al lado mío y le explicaba. Actualmente se enoja y me tengo que aguantar la risa cuando llega su reto “Ño mamá ño” (y con su dedito apuntándome).

3. Usar un panel de emociones

Nuestra santa Javiera (la educadora a cargo de Santi), nos dio una increíble idea. Como parte de nuestra rutina hacer un panel de emociones. ¿Qué es eso? En mi caso, compré un block, y con una hoja lo separé en los días de la semana, con papel lustre dibujé y corte caritas: triste, enojado, feliz y miedo (puedes seleccionar las emociones que quieras). Antes de acostarnos nos sentábamos al lado de esta hoja que estaba pegada en la pared y conversábamos como se había sentido en el día. ¿Feliz? ¿Por qué? ¿Qué hiciste en el jardín que te puso así

4. Acompañarlos en sus pataletas

Puede pasar a menudo que cuando no les das en el gusto, y les dices que es normal que se enojen, hacen una pataleta. Cuando contaba esto mucha gente opinó: “Déjalo sólo en su pieza”, “no lo pesques”. Para mí la mejor opción fue acompañarlo, sentarme al lado de él y explicarle que me quedaría ahí hasta que dejara de llorar y gritar. Esto hace que finalmente los niños sean más seguros de sí mismos y no se sientan solos.

5. No reaccionar agresivamente

Es importante nunca responderle a tu hijo con reacciones agresivas como golpes o morderlo devuelta, porque finalmente estaríamos comunicándoles que la agresividad es la forma apropiada para expresar nuestras emociones, en este caso: nuestro enojo.

6. Ayudar a la víctima

Es importante atender primero al niño mordido, antes del que muerde. Porque así él se dará cuenta, que no tiene toda la atención. Finalmente, creo que la paciencia es la clave para el éxito. El proceso de enseñanza y aprendizaje puede ser lento o rápido, pero el amor y cariño siempre deben acompañarnos. Muchas veces es difícil y nos vemos sobrepasados, pero en ese minuto lo ideal es contar hasta tres y seguir adelante, porque de lo que he aprendido con mi hijo, es que es un constante desafío, pero te dan ganas de luchar cada día para darle lo mejor de ti.

Guía para padres: Dime cómo mandas y te diré como serán

“Los niños de hoy no son como los de antes”. “La juventud no respeta nada ni a nadie”. “Los niños de hoy no hacen caso en nada”. “Los niños no cuidan las cosas, todo es desechable”. “Estos jóvenes no valoran lo que tienen”.  Frases como estas suelen provenir de la boca de los adultos quejándose respecto al comportamiento irreverente de la nueva generación de niños y jóvenes. Y más allá de que pueda haber algo cierto, hay que hacer un mea culpa respecto a qué responsabilidad tenemos nosotros sobre estas conductas y actitudes, cuál es el rol que cada uno juega, porque después de todo, nuestros niños no son más que el reflejo de lo que como padres les transmitimos. Y ese modelo de comportamiento al final se replica en nuestra sociedad. No podemos olvidar que el núcleo de la sociedad es la familia. Pero, ¿qué nos ha llevado a esta situación? El hecho de que como padres y sociedad hemos perdido el correcto sentido de la autoridad. Nos pasamos de una relación completamente autoritaria a una relación horizontal, donde el niño ha perdido la imagen de una autoridad sana.  Durante la etapa de formación, el ser humano tiene la necesidad vital y psicológica de una figura que esté por sobre él, que lo guíe y lo proteja. La ausencia de ésta le hace quedar a la deriva sin un mundo que lo contenga. Por lo tanto, es fundamental el tipo de autoridad que ejercemos respecto a nuestros hijos, porque eso les dará seguridad en sí mismos y les ayudará a internalizar las normas de convivencia social. Por eso es necesario preguntarse ¿qué tipo de autoridad estoy ejerciendo?

Tres estilos de autoridad

Sofía, Jorge y Ana tienen 10 años. Sus mamás trabajan por igual, pero al llegar a la casa después de un largo día de trabajo, cada una se relaciona con su hijo de manera distinta.  La mamá de Sofía se preocupa de que ella haya hecho las tareas, que coma, se bañe, se lave los dientes y se acueste. Si ella se pone a alegar o no quiere cumplir lo ordenado, la madre recurre inmediatamente al castigo, dejándola sin televisión o sin convidar amigos por el resto de la semana. La mamá de Jorge se preocupa de que coma, se bañe, etc. y cuando lo manda a acostar, éste le dice que no tiene ganas y que quiere jugar un rato más. Ella, antes de que venga la pataleta y para no dar una batalla, lo deja seguir viendo TV hasta que ésta lo hace dormir. La mamá de Ana, la abraza y le pregunta cómo estuvo su día. Pasan un rato juntas, se ríen y cuando se acerca la hora de dormir, le advierte que en pocos minutos deberá ir a acostarse. Cuando llega la hora de dormir, ella no quiere, pero su mamá se mantiene firme, la acompaña a la cama, leen un cuento y le apaga la luz. En el primer caso el modelo de autoridad se basa en el autoritarismo,donde la relación gira en torno al  cumplimiento de las normas, donde los padres imponen todo lo que se debe hacer y no se dan instancias para disfrutar junto al niño. Esto produce un distanciamiento afectivo entre padre e hijo, lo que genera rabia en el menor y, en el largo plazo, puede llevar a que él se revele ante todo lo impuesto o viva reprimido, incapaz de decidir por sí mismo. En el segundo caso, el modelo de autoridad se basa en el permisivismo, donde no hay límites sino que las ganas del niño son el parámetro de las decisiones. El menor queda vulnerable ante la falta de protección, lo que le genera ansiedad y le impide aprender a postergar sus deseos. A la larga se convierte en una persona que se guía por las ganas, que le cuestan las estructuras, la rutina, el sacrificio, sin tolerancia a la frustración y pierde la capacidad de ser dueño de sí mismo y decidir lo que es mejor pensando en un bien mayor y no en el momento.  En el tercer caso, vemos un modelo de sana autoridad, donde por una parte el niño reconoce una figura que está por sobre él, que sabe más, por lo que lo puede proteger y le muestra lo que es mejor para tomar buenas decisiones, y por otra parte, esta figura es cariñosa, afectiva, con quien puede disfrutar y por eso valida su autoridad. A la larga la persona se siente segura de sí misma, es libre en sus elecciones, capaz de guiarse por normas de convivencia y de postergarse a sí mismo en función de otros.

Cómo enmendar el rumbo

A pesar de que en general los modelos no se presentan puros, cada padre tiene una tendencia y es fundamental revisar qué modelo de autoridad estamos ejerciendo sobre nuestros hijos para saber hacia dónde los estamos llevando. Si la tendencia es más bien al autoritarismo, se sugiere: Crear instancias de interacción positiva, disfrutar con el niño y hacerlo sentir querido por quien es y no por el cumplimiento de las expectativas. Disminuir las normas pero manteniéndose firmes en las que se decidan. Poco a poco, según la edad, ir explicándoles el motivo de las reglas para que no sean “porque sí”. Si la tendencia es al permisivismo, se sugiere: Definir áreas claves en las que es necesario tener orden; crear normas en ellas y mantenerse firmes. Tener claro que será necesario frustrar, en forma medida, a nuestros hijos y eso no les hará daño, sino que será un aprendizaje para la vida. Esto implica tiempo y energía invertidos por un fin mayor. Si la tendencia es a la sana autoridad, usted va por muy bien camino y debe procurar seguir con mucha firmeza y calidez a lo largo del tiempo, perseverando, sin perder la energía. En conclusión, si nos hacemos concientes de cómo ejercer la autoridad ante nuestros hijos, sentaremos las bases para construir un sano modelo pedagógico y las acciones concretas para enfrentar las distintas situaciones y etapas, lo que les entregará las herramientas que necesitan para desenvolverse en el mundo de hoy y que de esa manera sean verdaderos aportes para nuestra sociedad. Como padres, la educación de nuestros hijos es la mejor manera de contribuir positivamente a nuestro entorno. Más que nuestro desarrollo profesional, es el formar hijos sanos para que junto con ellos construyamos un mundo mejor.

8 Errores de los padres que afectan la autoestima de los hijos

La gran mayoría de los padres amamos profundamente a nuestros hijos y queremos que crezcan y se desarrollen plenos y felices. Sin embargo, muchas veces tenemos conductas o actitudes dentro de nuestra vida cotidiana que sin querer ni darnos cuenta, van dañando la autoestima del niño.

La autoestima es lo que una persona se dice sobre sí misma y está vinculada a sentirse querido, acompañado y a ser importante para otros y para sí mismo.  Es uno de los componentes de la vida afectiva que tienen mayor incidencia en la calidad de vida de las personas y en su salud. 

Que un niño tenga una autoestima negativa obstaculiza su desarrollo ya que genera sentimientos de incompetencia, de ser poco valioso y por ende, poco querible. Los primeros años de vida son fundamentales para formar una sana autoestima y la imagen que transmiten los padres a sus hijos es crucial para ello. Algunos errores frecuentes que cometemos involuntariamente los padres y que menoscaban la valoración personal de su hijo son:

1. Exigir de un modo poco realista según las capacidades y edad del niño.

Mateo tiene 4 años, en el colegio le enseñaron las letras y ha aprendido a escribir algunas palabras asociando letras y sonidos. Los papás están muy orgullosos de ello y a cada visita que viene a la casa le muestran que el niño “ya aprendió a escribir” y que ahora están enseñándole a leer. Sin embargo, Mateo se escapa cada vez que los papás toman el libro y empiezan a hacerlo decodificar las letras. Es evidente que estos padres quieren desarrollar al máximo el potencial del niño, pero están poniendo sobre el pequeño una presión muy fuerte, que probablemente va más allá de lo que él puede hacer en estos momentos. Esto lo lleva a sentir que nunca cumple con las expectativas de sus padres. ¿Cómo podrían actuar? Es bueno valorar el interés y curiosidad del propio niño por aprender, pero no es recomendable “perseguirlo” para que siga aprendiendo en todo momento. Es necesario plantear exigencias y expectativas realistas y no sobreexigirlo.

2. Intolerancia a los errores

Lorena tiene 7 años y le mintió a sus papás. Luego arrepentida dijo la verdad y pidió perdón. Sus padres le dijeron que en la casa no estaba permitido mentir, por lo que la castigaron un mes sin TV. Es que en su casa la equivocación se paga cara y Lorena siente que solo se acepta la perfección. ¿Qué se debería hacer? Mostrar que equivocarse es natural y no significa fracasar, enseñándole que los errores pueden ser una fuente de aprendizaje. Además, darle a entender que haga lo que haga la siguen queriendo y que el afecto de sus padres es incondicional, a pesar de sus errores. Esto no significa que tengan que aceptar todas las conductas. Se puede poner límites a la mentira, pero sin hacer que ello signifique que se sienta criticada como persona.

3. Falta de valoración de los logros.

Cuando Carlos se saca un rojo lo castigan y recibe muchas críticas de que no estudió lo suficiente. Sin embargo, cuando llega a casa con un 7, no le dicen nada porque piensan que así es como deben ser las cosas. ¿Qué se puede hacer? Valorar las buenas acciones, desde pequeños detalles como “hiciste muy bien la cama” hasta sus grandes logros “Felicitaciones, te fue muy bien en la prueba, estamos orgullosos de ti”.

4. No valorar el esfuerzo.

Juana deja la mayoría de las veces su pieza muy desordenada, los juguetes tirados en el suelo, la ropa esparcida por todos lados. Los papás están permanentemente retándola por ello. Un día decidió ordenar y puso todos los juguetes en los cajones, pero sin clasificarlos como a la mamá le gusta. La madre al ver lo que había pasado, deshizo todo el trabajo hecho por la niña y volvió a hacerlo ella misma, diciéndole que había que ordenar bien, cada cosa donde corresponde.

¿Qué se puede hacer? El aprendizaje es un proceso que requiere de tiempo y práctica. Los adultos debemos ser pacientes y esperar que los resultados se vayan dando gradualmente, valorando el empeño, las ganas de lograrlo y la dedicación que el niño pone, más allá de si el resultado obtenido es o no el óptimo.

5. Desvalorización de las capacidades y de los comportamientos.

Manuel es un niño con mucha energía, que le gusta saltar, correr, treparse arriba de lo que encuentra y moverse permanentemente. Sus padres sienten que ese comportamiento es intolerable y están siempre corrigiéndolo y mostrándole que se equivocó, que por moverse tanto rompió el florero, derramó el vaso o empujó a su hermana. ¿Qué se puede hacer? Es bueno mostrar al niño que se comprende lo difícil que puede ser el desafío, en este caso, de estar más tranquilo en algunos momentos. Junto con ello hay que confiar en las capacidades del niño, mostrarle que sus padres saben que va a aprender a calmarse en las situaciones que lo ameritan. Disminuir la crítica, centrándose en la acción y no en el niño. Por ejemplo, es mejor decir: “ahora es el momento de estar sentado tranquilo para comer” en vez de: “¡mira que eres porfiado, ya rompiste el plato!”.

6. Comparaciones constantes.

Los papás de Marcela están constantemente diciéndole “Viste lo bien que se porta tu hermano”. “¿Por qué eres más como tu primo?”. “Te apuesto que tu amigo se sacó mejor nota que tú”. Las comparaciones constantes hacen que ella desarrolle sentimientos de inferioridad. ¿Qué se puede hacer? Poner el foco en el proceso del propio niño e ir haciéndonos conscientes de sus propios avances y logros, independiente de lo que sean capaces de realizar los niños que la rodean. Debemos comprender que cada niño tiene su propio ritmo y su propio perfil de habilidades y competencias, por lo que compararlo con otros no le ayuda en absoluto.

7. Etiquetar a los niños.

A Pedro siempre le dicen que es un peleador, porque siempre le quita los juguetes a sus hermanos o los agrede. Cualquier llanto de los más pequeños de la casa es de inmediato interpretado como consecuencia de una agresión de Pedro, por lo que lo retan antes de preguntar qué es lo que ha pasado. Al final Pedro siente que todos esperan que él sea peleador, por lo que termina comportándose de ese modo ya que se asumió como tal. ¿Qué se puede hacer? En vez de decirle “eres pesado”, decirle, “no puedes quitarle los juguetes a tu hermana, deber esperar tu turno”. Así el énfasis se pone en la acción a corregir y no en la debilidad de la persona. Decirles que “son” cierta cosa (peleadores, flojos, mentirosos, llorones) sólo los hace afianzarse en ese rol. Por ello es fundamental poner el acento en el cambio esperado y felicitar cualquier pequeño avance en esa dirección.

8. Hacerles las cosas que deberían hacer ellos

Rodrigo se acerca a su mamá con una duda respecto a cómo hacer un ejercicio de su tarea de matemáticas. Su mamá toma el cuaderno, le explica a la rápida y luego empieza a resolver el ejercicio ella misma, para continuar con los demás. Si Rodrigo recuerda a última hora que olvidó hacer su tarea, ella se la hace. Al final, Rodrigo siente que no es capaz de hacer las cosas por sí mismo y siempre espera que alguien las haga por él, desentendiéndose de su responsabilidad en ello. Irónicamente, su mamá se queja de que el niño es demasiado dependiente, irresponsable y flojo, sin ver que ella está causando la situación. ¿Qué se puede hacer? Los padres deben entender que su tarea es acompañar y ayudar al niño en su desarrollo, no reemplazarlo o hacerlo por él. Pueden recomendarle soluciones, pero deben dejarlo intentarlas por su cuenta y equivocarse, por doloroso que sea verlo. La mamá de Rodrigo debió resolver su duda en la tarea de matemáticas, pero dejarlo aplicarla a él. Si Rodrigo olvidó hacer su tarea, debe dejarlo enfrentar las consecuencias. A medida que Rodrigo crece, debe ir cediendo espacios de independencia cada vez mayores. En definitiva, para que un niño pueda desarrollar una sana autoestima es fundamental que los padres acepten incondicionalmente a sus hijos, que tengan expectativas claras y aterrizadas de sus capacidades y que se desenvuelva en un ambiente de respeto y valoración.